La Venganza de Numancio

 Una tarde, Numancio pensaba sentado en el mueble de su oficina. Supo que era momento de ajustar cuentas con ese pesado profesor. Quería probar sus teorías, y era el momento de llegar a la práctica. Con habilidad, había convertido el sótano de su casa en un laboratorio bastante completo, que utilizaba durante las noches.

Pocas veces se dejaba llevar por sentimientos coléricos, pues utilizaba más el cerebro que el corazón. Sin embargo, ese profesor apoyaba a sujetos que no solo abusaban de su autoridad, sino que intimidaban a los pobladores. Sentía un torbellino de impulsos, y esta ocasión ameritaba un ajuste de cuentas.
Sin embargo, sintió el pequeño tormento interior de la duda. Con meridiana claridad, comprendía que la empresa podía salirse de control. No tenía control completo de esa criatura, ni siquiera sabiendo que sus cálculos eran impecables y que el plan había sido bien urdido durante una semana. ¿Para qué, entonces, seguir adelante en ese proyecto? Un pensamiento macabro cruzó por su mente como un viento helado: ¿y si la confianza que tenía era solo un espejismo? Se levantó de un brinco, lanzando una mirada atónita a su alrededor. Luego, con pasos decididos, se dirigió hacia la biblioteca. Cuando pensaba en atacar, sentía que un pesado fardo, que lo había abrumado, se desprendía de sus hombros.
Calculó los pasos para realizar la invocación. La tarde dio sus últimos destellos, y aunque sabía de memoria muchas invocaciones, esta no le permitía errores. Entonces se acercó a estante y desempolvó los libros de páginas maduras que allí reposaban, bajo la luz de halógeno. Tenía un deber con la investigación. No sería como esos profesores viejos de los que se oía hablar, esos que envían el conjuro con el mismo entusiasmo que un cajero automático dispensa billetes, sin comprender ni por un segundo la mística. Revisó con vista atenta, y tomó un tratado grande y viejo, que tenía una superficie de tela oscura y muy suave. El libro exhibía a seres de peligrosa reputación y explicaba cómo utilizarlos. El espectro que escogió era una sombra lúgubre. Según vio, ni siquiera los experimentados nigromantes se librarían fácil de esa amenaza.
Lo que tenía entre manos era, sin equívocos, un método de defensa absoluto. Sin embargo, existía la posibilidad. En medio de la decadencia que era una especie de lodo beige y burocrático, estaban emergiendo nuevas teorías. Y no emergerían de forma heroica, sino de esa manera sigilosa en la que algo realmente vital sobrevive a una bomba. Del fondo de esos volúmenes que pocos conocían por estar ocupados en otras investigaciones, surgirían esas ideas.
Existía en él una imperatividad, como una presión en la base del cráneo. Necesitaba transcribir aquellas hileras de signos. No eran simples dibujos; eran formas que parecían atraer una negrura absoluta, quizás a un ser no natural. La mancha elegida actuaría con una discreción absoluta. Lo más relevante era la ausencia total de un rastro forense; pues poseía una capacidad de desplazamiento que no dejaba rastro que permitiera a un tercero, un hipotético inculpador, establecer una cadena de causalidad entre el acto y el autor.
Se desplomó sobre la silla de modelo ergonómico con soporte lumbar, y se dedicó al escrutinio de la partitura. Los símbolos se agolpaban en las páginas con una densidad que recordaba a una composición barroca. Dada la complejidad simbólica del ritual, un despliegue de variables que requería una atención al detalle casi clínico, la tarea se proyectaba sobre un esfuerzo de varios días de aislamiento absoluto. El proyecto requería la traslación de estos glifos al suelo de la habitación
Llegó la noche, y se dedicó a construir las locuciones. Comenzó a juntar los elementos para atraer al candidato ideal. Ya no era tiempo para juegos infantiles, sino para tomar las riendas, y convertir a los opresores en víctimas. Las sombras espectrales, marionetas de su voluntad, bailarían a su ritmo, sembrando el pavor en los corazones podridos. Prestamistas usureros, soldados sanguinarios, políticos hipócritas, todos caerían bajo el mismo puñal. La ciudad estaba ahogada en la decadencia, y pronto vería el rostro del horror, un plan orquestado por un joven decidido a purificar la tierra.
El muchacho respiró para ordenar sus pensamientos. Le indicaría a su extravagante sicario que fuera por él, y con suficiente conocimiento y control, no podría fallar. Era tarde, y las calles parecían una tumba, solo rasgadas por el aullido distante de una sirena. Un escalofrío recorrió su espina dorsal mientras se preguntaba, por última vez, si aquello era lo correcto. ¿Y si lo descubrían? La imagen de la policía irrumpiendo en la habitación, esposándolo y arrebatándole su libertad, lo incomodaba.
―No. Ellos no podrían saberlo. No hay forma de que me conecten con el crimen.
Se imaginaba distintas situaciones. No sabía si triunfaría o si acabarían persiguiéndolo.
―Triunfaré. Si la policía sospecha, debo huir. Pero, no puedo ir a casa de mi familia y darles problemas. Tengo dinero y sería mi salvoconducto para ir lejos. Puedo conseguir una nueva identidad. ¿Y la Interpol? Si esa jauría hambrienta trata de atraparme, seré más astuto. Si es necesario, los acabaré uno a uno utilizando a mis sombras.
La idea de ser un fugitivo le repugnaba, pero la alternativa era la prisión, y eso no ocurriría. Había algo de té sobre la mesa del comedor, pero era muy soso, y pensó que la cerveza sería mejor bálsamo. Se bebió un vaso con rapidez, sintiendo el relajo del alcohol. Se dejó caer en el sofá, acomodando la cabeza en una almohada. El sueño fue profundo y reparador.
La noche siguiente, después de llegar de los estudios, la paso investigando. La luna, pálida y enfermiza, se filtraba por las rendijas de su estudio. Sus ojos, acostumbrados a la penumbra, se posaron en el libro viejo que descansaba sobre su mesa. Era un documento sencillo, pero de un potencial gigante.
La rutina de la escuela, con tareas y estudios, le habían aburrido. Necesitaba algo más, algo que sacudiera su mente adormecida. La idea de dar rienda suelta a su poder, de manipular a un ser desconocido, lo estimulaba. La víctima perfecta ya estaba elegida. La sombra sería su herramienta, el pincel que pintaría con sangre una nueva realidad. El destino, en su alocada ironía, le ofrecía una oportunidad. La venganza, que había buscado con desesperación, se encontraba ahora a su alcance.
Dos días después, por la noche, llegó el momento de la invocación. Sus brebajes eran una complicada farmacopea. Tuvo que conseguir el tejido adiposo y la hemoglobina de un recién fallecido. Eso fue mezclado con acónito, belladona y una colección de hongos, cuya clasificación micológica era conocida por pocos.
El ritual requería de una hostia consagrada, reducida por molienda y aplicada cosméticamente en el pecho y las manos, como forma perversa de unción. Además, tomó una serie de huesos y pocillos, y colocó los elementos en orden sobre el suelo. Había estado varios días en un frenesí de planificación, y tenía el signo casi listo. Tuvo que acabar de trazar la geometría con una sustancia viscosa y orgánica. Poco después, sus manos acabaron de confeccionar las líneas que lo protegerían del invitado. La orientación y dimensiones del signo eran correctas. Le parecía que el enredado de líneas no tenía debilidades de novatos, ni cualquier torpeza que perjudicara la invocación. No eran solo diseños sobre el suelo. Había una cierta sacralidad implícita, un entendimiento tácito de que estaban haciendo algo más que solo invocar.
El muchacho sentía ser un niño haciendo malabares con cuchillos de carnicero. Y se quedó mirándolos, intentando encontrar algún error. Tenía esas preguntas que solían hacer los estudiantes: ¿Acaso funcionaría? ¿Esa cosa podía acabarlo? Se acercaban las doce, y debía apurarse, pues el tiempo apremiaba como un tirano.
Al acabar, tomó sus amuletos de madera, y se los puso en el pecho. Eran talismanes, las llaves que abrirían las puertas, pues fueron confeccionados en lugares sagrados. Oyó la alarma de su reloj de mesa, y supo que el momento había llegado. Se visitó de manera adecuada para comenzar. Bajó las escaleras, sigiloso como un gato. Su corazón parecía un tambor frenético, y marcó el ritmo de su descenso. El destino lo había arrastrado hasta este punto, y era tarde para retroceder. Si lo lograba, el espectro penetraría en la morada de su víctima, silencioso y letal. Se estacionó frente a los sinuosos signos, que estaban completos. Respiró hondo, tratando de calmar su agitación. Cerró los ojos, y una sonrisa cruel curvó sus labios al visualizar la escena, como si una droga lo embriagara.
Se sentó en el sitio ideal, con copas cargadas de fragancias alrededor, y con hileras de símbolos protegiéndolo. Puso las manos a los lados, y procedió a esparcir sus solicitudes al aire. El control encefálico era trascendental, no permitiría que el temor irrumpiera. Permaneció sin moverse sobre los líneas, con la tensión creciendo con cada segundo. Una vez que acabó con los conjuros, el viento comenzó a rugir en el exterior de la mansión, y vino una violenta tormenta. Llovía a cantaros, los truenos retumbaban y los árboles parecían moverse en una danza demoníaca. Serenó sus delgadas facciones intentando pensar. La habitación comenzó a oscurecerse, y se veían indicios de que el ser se aproximaba. Un instinto primario le advirtió de un peligro inminente. Cuando estaba a punto de pronunciar el último conjuro, un estruendo resonó en la puerta trasera del salón. Una melodía discordante, mitad cantada y mitad susurrada, flotó en el aire
―Creo que llegó
Su pulso se aceleró, y sus ojos miraron la puerta en alerta máxima. Su frente se frunció en confusión. ¿Había sido un truco de su imaginación? Sacudió la cabeza, descartando el pensamiento. La melodía era demasiado real, muy nítida para ser una mera ilusión. Un escalofrío le recorrió y supo, con certeza, que ya no estaba solo.
Al comienzo, vio una pequeña sombra viajando sobre la pared. Poco después, la mancha comenzó a expandirse de manera prodigiosa, abarcando los muros y oscureciendo el sitio de manera inquietante, y se convirtió en el epicentro de su atención. La luz moribunda de la habitación se entrelazaba con la negrura absoluta de esa cosa. Jnum comenzó a sentirse arrastrado por una fuerza invisible, que le indicaba salir del signo de protección. Era un deseo que debía ignorar, esa sombra quería que salga, y eso sería su final. En ese pequeño espacio se libraba una lucha mental. La entidad tenía una actitud que el estudiante, incluso en su estado de desconcierto, identificó como una clase sadismo. Parecía estar disfrutando la caída de su próxima víctima, o quizás simplemente disfrutando del aroma químico del miedo que emanaba del estudiante.
La mancha cazadora formó un cúmulo frente a él. Poco después, se elevó lentamente, logrando casi tocar el techo de la habitación. ¿Qué quería esa cosa? La figura del muchacho se difuminaba en la oscuridad. Sus ojos estudiaron los movimientos del depredador opaco, y notó que se alteraban los objetos cercanos, eran cambios sutiles en su composición.
La criatura se escurrió por el suelo, y rodeó los signos de protección. Estaba midiendo como atravesar las líneas, e ir por el alumno; pero retrocedía como si una fuerza invisible la expulsara, como un animal al tocar una reja filuda. Solo los símbolos protectores, grabados con esmero, mantenían a raya la turbulencia de negrura. Entonces, la sombra se contorsionó veloz, y formó un círculo perfecto alrededor, como una oleada de ébano arrinconando a su presa. Jnum sabía que un error podía costarle la vida. Con las falanges entumecidas, lo que los profesores llamarían una neuropatía inducida por contacto espectral, Numancio se apresuró a darle órdenes. Entonces, con mucho cuidado, le señaló una foto de su profesor que descansaba ahí cerca, y le pidió que le diera una lección.
-Profana veloz su aposento, y acomete como sólo tú sabes hacerlo. Si es resistente a tu ataque, espanta su cerebro y su corazón, y logra que lamente su comportamiento. Vas a jugar con el peligro y las posibilidades de ser detenido. Muéstrale lo poderoso que eres cuando te lo propones.
El ser se redujo tomando el aspecto de una pequeña sombra que deambuló por el suelo. Poco después, liberada para acribillar, se deslizó por las grietas de la ventana, escurriéndose por el jardín. Llegó a la parte exterior de la residencia, y continuó avanzando sigilosamente a través de las lúgubres calles, rumbo hacia la casa de la víctima. El ser avanzó entre las sombras con perversa inteligencia, evitando las farolas y las miradas indiscretas de los pocos transeúntes que vagaban a esa hora. Sus movimientos eran una coreografía de pasos calculados. Su objetivo, claro y definido, era llegar a la casa del profesor.
Desde hacía mucho tiempo, los estudiosos se devanaban los sesos discutiendo el uso de los espectros. Esta vez, el muchacho se disponía a comprobar teorías que muchos consideraban irreales. Su víctima conocía trucos, lo que convertía la invasión de la morada en un desafío mayor.
Un ser —o algo que alguna vez lo fue— lo había escuchado y ahora acechaba al profesor, quien sería incapaz de defenderse. El hombre se encontraba sentado, meditando sobre lo que había presenciado. Una idea se apoderó de él: había vislumbrado un horror de las tinieblas. Una parte de su mente aún se negaba a creer lo que sus ojos habían visto.
Sabía que esa entidad quería al profesor. Y ese hombre ignoraba el peligro. Se sentaría en su silla, leería su libro y bebería su café; entonces, se escucharía un grito que no emanaría de él, sino de la criatura que aparecería en su casa. Aquellas facultades demoníacas, ajenas a la percepción humana, alcanzaban los confines mismos de la materia.
La lluvia cesó poco después. La sombra continuó su silencioso camino, inadvertida para los transeúntes. La luz de la luna iluminaba los callejones, pero era opacada por nubes que parecían escoltar al mensajero mortal en su avance.
Al llegar a la calle de la mansión, la mancha aminoró la marcha. La pequeña sombra se aproximó a la puerta principal y aguardó; sabía que los ocultistas grababan símbolos de protección en sus muros exteriores. Además, las puertas y el suelo exhibían sellos para repeler los ataques que nunca faltaban. La sombra debía moverse con precisión milimétrica, avanzando sin rozar las líneas de protección. Merodeó por el jardín, esperando a que alguien abriera la puerta. Poco después llegó la hija del profesor, una adolescente que, tras saludar a su padre, se retiró a su habitación. La sombra aprovechó la oportunidad y se filtró por un rincón de la entrada.
El sujeto leía relajadamente sobre su mueble, ignorando el peligro. Entonces, oyó un murmullo en la parte trasera de la mansión. El sonido le causó una extraña sensación, como si alguien le susurrara al oído. El periódico cayó sobre la mesa, y caminó despacio hacia el origen del sonido. A medida que revisaba los recovecos de la mansión, supo que algo no estaba bien. Con los sentidos atentos, se quedó en silencio, esperando ver alguna señal. Entonces preguntó:
―¿Hay alguien allí?
No obtuvo respuesta. No tenía miedo, pero sabía que no estaba demás ser cauteloso. Se sentó de nuevo a leer, con la duda caminando sobre su cabeza. Pensó que el murmullo, apenas audible pero ominoso, había venido desde la casa de al lado.
El agotamiento del día no era solo cansancio; sentía como una sedimentación sobre sus párpados. Estiró los brazos y se oyó un crujido de costillas. Se relajó mientras el sofá le daba un placentero roce.
Entonces, sintió un leve temblor, como una pulsación. Fue una leve sacudida de madera y tela. El profesor se despegó del asiento y se arrodilló para observar si algo movía al sillón por debajo. Las rodillas se apoyaron sobre el suelo. La penumbra allí abajo no mostró nada. Observó alrededor, cazando sombras que se escondían en la periferia de su retina. Caminó hacia la puerta principal para asegurarla. El metal de la cerradura estaba frío, como piel muerta en sus dedos. Había un silencio afilado. Los grillos no cantaban y era extraño.
Se sentó nuevamente y tomó el periódico. De pronto, el sillón comenzó a temblar, y unos bultos se levantaron a sus costados. Un instante después, le brotaron dos brazos grises y musculados. El profesor vio incrédulo a dos manos tarantulescas tratando de sujetarlo, ¿lo estaba imaginando? Saltó hacia adelante, cayendo al suelo. Ante su visión traumatizada, al mueble le brotaron dos largas piernas y se puso de pie para caminar hacia él, bamboleándose torpemente. Aquello no era un animal, y tampoco era humano; era una aberración contra la naturaleza, una mezcla absurda de madera y carne. Los ojos desesperados del profesor luchaban por comprender esa locura.
El rugido primordial de la criatura resonó en la mansión. El profesor se aferró al único rayo de esperanza que le quedaba: un amuleto sobre una mesa al frente. ¿Podría escapar? El hombre se arrastró alejándose del monstruo peludo que enseñaba los colmillos. La criatura se le abalanzó y le clavó los dientes en una mano, arrancándole dos dedos y dejándole colgajos de carne. El profesor dio un grito y a duras penas se arrastró, sangrando hasta una mesilla en que tenía el amuleto. Al ver la superficie pulida de la piedra, se produjo un cambio en el ser, que alteró radicalmente el encuentro. La mancha etérea, que hasta hace un segundo estaba lista a dar cuenta del sujeto, realizó un cambio de actitud precipitado. Pasó de un ataque frenético a una calma precavida, como si el amuleto fuera un repelente de insectos aplicado directamente sobre su sistema nervioso.
El hombre intentó recuperar la posición de rodillas, lidiando con una hipotermia acompañada por el dolor del mordisco. Sometido a este violento ataque, sintió que su reserva de fuerza se agotaba, dejándolo en un estado de postración. Ese amuleto de protección que había encontrado, y cuya importancia acababa de comprobar era la única razón por la que no era un cadáver. Poco después, el mueble cayó al suelo y volvió a la normalidad.
La hija del profesor entró a la sala y dio un grito de terror. Luego de intentar ayudar a su padre, habló por teléfono a los paramédicos para que los ayudaran. Poco después, las ambulancias sonaron a lo lejos y se aproximaron a la casa. Los médicos bajaron y se acercaron a la puerta abierta para atender al herido. Mas tarde, llegaron los policías y desalojaron a todos los curiosos de los alrededores. Además, los agentes protegieron el desagradable escenario del suceso, y los encargados establecieron un cordón de protección para iniciar la investigación.
El profesor llegó al hospital en mal estado, sus heridas revelaban un ataque por parte de un animal. Las laceraciones profundas y la falta de una parte de su mano sorprendieron al equipo médico, que se apresuró para estabilizarlo en la sala de emergencias. El Dr. Rodríguez, un cirujano experimentado en traumas, encabezaba el equipo que se encargaría de cerrar la herida. Mientras se preparaban para intervenir al profesor, el doctor se le acercó con mirada grave y lo interrogó
―¿Qué ha sucedido? Necesitamos entender cómo ocurrieron estas lesiones ―preguntó el Dr. Rodríguez con tono firme pero compasivo.
El Profesor tenía la respiración convertida en sacudidas sibilantes similares a un acordeón moribundo. Después de serenarse, procedió a narrar su pesadilla doméstica. No fue tanto una descripción, sino mas bien una exhumación de detalles: la aparición súbita de una "criatura" cuya ontología parecía desafiar las leyes básicas de la biología. El hombre supo que posiblemente lo considerarían demente.
El Dr. Rodríguez lo escuchaba con atención clínica, pues los médicos de alto nivel solían observar ese tipo de casos, donde el trauma físico competía con el colapso psicológico. Rodríguez era agudamente consciente, y operaba bajo la sospecha profesional de que la "verdad" en estos contextos no solía ser clara. En situaciones de trauma extremo, la mente ejecutaba una serie de maniobras defensivas, como distorsiones y alucinaciones, para evitar que el sujeto tuviera que procesar la realidad cruda.
Mientras tanto, el equipo médico, una falange de internos con rostro serio y batas blancas, se movilizaba con una eficiencia. La prioridad inmediata era detener la fuga del fluido vital que el hombre estaba perdiendo. Después, limpiarían las laceraciones, que presentaban bordes irregulares.
El profesor se perdía en el significado del suceso fantástico, y el equipo médico se limitaba a tratar las grietas que necesitaban ser curadas. Se consideraría una reconstrucción en una etapa posterior. La fría sala de operaciones tenía varios heridos. La realidad se le hizo evidente. Su mano, recién curada, pulsaba incomodándolo. La primera cosa que logró procesar fue perplejidad. Una duda que se sentía en los huesos, una resonancia que dictaba que lo ocurrido era ilógico. En su delirio, regresaban las visiones de la noche. ¿Qué fue eso?. Llegó y lo atacó con facilidad.
Mas tarde, les contó toda la historia a las autoridades, y aunque fue atendido con amabilidad, estaba incómodo por la situación. El caso quedó registrado, pero en los datos recogidos no había nada que les permitiera avanzar en sus investigaciones. Resultó un problema bastante abultado para las autoridades policiales, que insinuaban que el perpetrador era seguramente un criminal apático y experto, debido a la completa falta de huellas. Todo lo que se sabía era que una fuerza extraña había penetrado en la casa del profesor, pero del ser propiamente dicho no se pudo averiguar nada.

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